La ley que no protege. Los jueces y ‘El mundo es ancho y ajeno’

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— ¿Y el juez?
— De mi parte. Si a mí me debe el puesto. Yo moví influencias y lo hice nombrar a pesar de que ocupaba el segundo lugar en la terna.

El mundo es ancho y ajeno

El nombre de Ciro Alegría rememoraba al célebre personaje de Verne en La isla misteriosa[1]. Condenado (por su nombre o por su gusto) a la literatura, Alegría fue expulsado a Chile como exilado aprista luego de su segunda prisión.

En 1940, mientras se ganaba la vida escribiendo artículos, vendiendo cuentos o corrigiendo pruebas y originales de otro, se decide a escribir El mundo es ancho y ajeno, al saber que la editorial Farrar and Rinehart de Nueva York había convocado a un concurso latinoamericano de novela.

Sus primeras aprehensiones, derivadas del hecho de ser un perseguido político y no vivir en un mundo de relaciones, fueron dejadas de lado cuando se enteró que los integrantes del jurado serían Ernesto Montenegro[2], Blair Niles y John Dos Passos. Sus problemas económicos, amenguados cuando un grupo de amigos en “un hecho desacostumbrado” acordaron darle una subvención mensual, le permitió culminar el trabajo[3].

En realidad, la novela aún no la había iniciado. El libro lo concluiría 4 meses después, “al alba del día en que cerrábase la admisión[4]”.

Cuando fue a dejar la novela, el escritor José Santos Gonzáles le dijo que el plazo del concurso había vencido, pues había llegado quince minutos tarde. Era una broma. Algunos meses más, exactamente el 28 de febrero de 1941, a las 10 de la noche, un radiograma le anunciaba que había triunfado[5].

Pero Alegría ya había triunfado antes. En 1935, apenas con 26 años de edad, había escrito La serpiente de oro desde un cuento base denominado La balsa. El libro tuvo como título de origen Marañón, pero fue modificado para su presentación en el concurso Nascimento, que termina por ganar. Luego, en 1939 participa en otro evento: el organizado por la editorial Zigzag con un libro al que pone de nombre Los perros hambrientos. Uno de los capítulos de esa obra que termina segundo en el concurso se iba a llamar El mundo es ancho y ajeno, pero no lo denomina así porque vio en ese material el rudimento de otra novela[6], en la que incluirá como personajes a miembros de su propia familia, como su abuelo Teodoro de quien los peones decían: “Tiene la mano un poco dura, pero nunca hace injusticias[7]”, expresión y personaje que es el mismo que recoge y auxilia al Fiero Vásquez en El mundo es ancho y ajeno.

La historia

La historia es sencilla e intensa a la vez. Es la lucha de una comunidad: la de Rumi, contra la voracidad de un hacendado, Álvaro Amenábar y Roldán (“señor de Umay, dueño de vidas y haciendas en veinte leguas a la redonda”), en una contienda perdida de antemano, pues contra el destino (formado por unas estructuras legales imposibles de modificar) nada es posible.

Pero “la condición del hombre es esperanzarse” y, por eso, ante los aleves ataques del hacendado, quien se burla de la idea de forjar una escuela y reclama los terrenos como suyos, la comunidad creerá que basta tener papeles y la defensa de un abogado, representado por Bismarck Ruiz (quien, finalmente, se entrega al ofensor y olvida presentar la apelación) para defenderse.

Derrotados, en un juicio de linderos que en sí mismo es una farsa (linderos destruidos, rehacimiento de ellos por la Comunidad que es tomado en su contra, testigos falsos, amenazas contra los que podrían testimoniar a favor de los comuneros, abogado que no apela), el pueblo de Rumi es arrojado a la zona pedregosa de Yañañahui, no sin que algunos comuneros, al mando del Fiero Vásquez, consideren que su única defensa es la vida del bandolero, y otros se marchen a la selva que nunca ha de ser suya.

Gracias a la llegada de Benito Castro la comunidad es rehecha; sin embargo, nuevamente la ambición del hacendado se despierta: en el fondo, no le importa la tierra sino el trabajo de los comuneros para las minas que ha levantado. Pero esta vez, la comunidad no se marcha en paz; inútil defensa la suya, pues son derrotados bajo el inclemente fuego de los máuseres de los guardias. “¿Adónde iremos? ¿Adónde?”, implora Marguicha mirando con los ojos locos al marido, al hijo, al mundo, a su soledad”, en una pregunta que no solo es la suya, sino el de toda la comunidad. “Ella no lo sabe”, dice el novelista. Poco importa, pues en todos los lugares el mundo les será siempre ajeno.

Los jueces

Alegría crea un cuadro vivo del mundo pervertido del derecho. Bismarck Ruiz, el abogado de la comunidad, es presentado de esta forma: “vestía un terno verdoso y lucía gruesos anillos en las manos. Sobre el vientre, yendo de un bolsillo a otro del chaleco, una curvada cadena de oro. Sus ojuelos estaban nublados por el alcohol y todo él olía a aguardiente como si de pies a cabeza estuviera sudando borrachera”. Será él quien traicione a los comuneros.

No menos horrorosa es la presencia del “pequeño y magro” Iguiñiz, tinterillo vinculado al hacendado Amenábar, quien no había terminado sus estudios en la Universidad de Trujillo, “suma y compendio de los rábulas de la capital de provincia“ y a quien se debe el plan para modificar los linderos de la comunidad.

La ley y la justicia

En realidad, no es el respeto a la ley lo que pide Alegría. La ley es solo una herramienta al servicio del poder. Lo dice con claridad Benito Castro en el momento final de la lucha de Rumi: “La ley nos los protege como hombres”. No basta que se tenga papeles para defender a la comunidad; cuando se es pobre la ley es contraria y empuja a los comuneros a la esclavitud. No importa lo que se haga, jamás habrá perdón: “¿Quién perdona? ¿Quién tiene una onza de perdón pa darlo al pobre que lo necesita? Ustedes dirán que la comunidá. Pero la comunidá está sola… La ley no sabe perdonar y menos los hombres…”.

En un mundo de injusticia, ¿cómo podría ganar la comunidad si: “El juez desaparecía entre montañas de papel sellado originadas por el amor a la justicia que distingue a los peruanos, pero, rendido por la sola contemplación de los legajos y estimando sobrehumano subir y bajar por todos esos desfiladeros llenos de artículos, incisos, clamores, denuestos y “otrosí digo”, había renunciado a poner al día los expedientes. Explicaba su lentitud refiriéndose al profundo análisis que le demandaban sus justicieros fallos: “Estoy estudiando, estoy estudiando muy detenidamente”.

El dato es, sin embargo, errado. Para Alegría el agotamiento es solo la excusa. El juez no puede oponerse al poder porque fue puesto por él. De ahí que en el célebre discurso de Pajuelo este respondiera, al preguntarse de dónde venía la injusticia: “Sencillamente de los malos gobiernos, como producto de la complicidad de los mandones y explotadores eternos distritales, que para desgracia de nuestro pueblo aún existen bajo los siniestros nombres de Gobernadores, Alcaldes, Jueces de Paz y Recaudadores”.

Es verdad que a ellos podría contraponerse el propio bisabuelo de Alegría, que es retratado por nuestro novelista de esta manera: “Ascendió a vocal de la Corte Superior de Cajamarca. Habría hecho la carrera hasta la Suprema, pues tenía una mentalidad jurídica de primera clase, pero su honradez lo hizo detenerse (…) Sus compañeros de Corte atendían los reclamos de los políticos y pudientes o se dejaban sobornar. Entonces, caso único quizás, renunció su vocalía para volverse a Cajabamba y ser un juez provinciano de nuevo …[8]”. Pero eso es una excepción. Lo cotidiano, lo normal, lo de siempre es lo contrario.

La ley es solo una formalidad, algo que podía tergiversarse. “Viejito le dice el juez a Rosendo Maqui personalmente disculpo tus fallas, considerando tu cansancio. Como juez es otra cosa: la ley es la ley”, y bajo ese criterio, ante cúmulos de papel sellados, interrogando testigos hasta el cansancio “con ese estilo moroso, enrevesado y esponjoso que distingue al poder judicial” se fue labrando la derrota de la Comunidad.

Y es que “ese mismo juez que parecía tan austero, nada habría hecho por hacer respetar la justicia cuando todos los pobres temían desafiar a un rico, así fuera tan solo con una declaración de conciencia”. Es el juez que acompaña al hacendado y el que no duda en utilizar los mecanismos del proceso para ofrecer la libertad a la acusada a cambio de que sea su cocinera.

Esa es la imagen que Alegría tiene de los jueces. Tan clara que hace que la Corte Suprema falle en contra de la Comunidad, mientras a Rosendo lo aniquilaban en prisión, sin confianza en la justicia de los hombres.


[1] El nombre le fue puesto por su tía Rosa. Mucha suerte con harto palo. Editorial La oveja negra. Bogotá, 1980. Tomo I, p. 8. Dora Varona, a su vez, recordará que Miguel Ángel Cornejo, su profesor de Castellano en el colegio San Juan de Trujillo, le dijo: “Tienes un nombre excelente para escritor, Ciro Alegría; ¡Ciro Alegría! ¿Escribes? ¿Sí? Entonces vas a ser escritor. Con ese nombre no te queda más remedio”. Ciro Alegría y su sombra. Editorial Planeta Perú S.A. Lima, 2008. p. 45.

[2] Quien había sido jurado en el Concurso Nascimento en el que resulta vencedor su libro La serpiente de oro.

[3] Alegría, Ciro. Editorial la Oveja Negra. Bogotá, 1980, Tomo I, p. 176.

[4] Alegría, Ciro. Ob. cit., Tomo I, pp. 177-178.

[5] Alegría, Ciro. Ob. cit., Tomo I, p. 180.

[6] “(…) en ese momento -dice en sus memorias- me azotó una intensa ráfaga de ideas y recuerdos. Si no con todos los detalles y su completa estructura, panorámicamente vi el libro casi tal como está hoy”. Alegría, Ciro. Ob. cit., Tomo I, p. 170.

[7] Alegría, Ciro. Ob. cit., Tomo I, p. 13.

[8] Alegría, Ciro. Mucha suerte con harto palo. Ob. cit., Tomo I, p. 12.

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