Saul, el picapleitos, por Nicolás Rojas Jurado

James Macgill se ha titulado a distancia por la universidad de Samoa Americana, mantiene una competición fratricida-abogadil con Chuck, quien integra una firma legal, como dios manda. A diferencia de este, es verborreico más que locuaz, casi un charlatán; está suelto en el mercado sin más equipamiento que sus habilidades intrínsecas: olfato para las lagunas, agudeza en atender problemas, creativo en los juegos mentales, conocedor de la miseria humana, carente de escrúpulos, es hasta ahí, el abogado que la gente culpable suele elegir, solo que además, vende pasión y compromiso, en este punto está además la vieja competencia del hermano menor contra el mayorazgo.

Su economía inicial lo hace bandearse entre abogado de oficio, estafas que articula, y lo que los gringos llaman: ambulance chaser, temas menores que lo llevan a toparse con la mafia y que será uno de los hilos conductores hasta el clímax breakingbadiano: Heisenberg.

Desde el inicio, no hay dilema moral y desafía lo que conocemos como políticamente correcto: publicidad abogadil en TV y paneles, tarjetas a discreción, cohechador nato tiene como speech de autoconvencimiento: “investigo, defiendo, convenzo y lo más importante: gano”, ávido por encontrar nichos, entusiasta en alcanzar la llama, termina colapsando; al terminar el día, frente a su contestador mueve las manitas como hechicero, pero no sucede la magia. En él no domina la guapura ni el tecnicismo, es un lobo solitario, un puesto de limonada frente a Walmart (en la comparación que realiza de sí respecto de la firma legal de su hermano, a la que aspira). Todavía es un dibujo incompleto, aun aguarda identidad propia.

James Macgill metamorfosea en Saul Goodman, una versión turbo, que lo aleja de las minutas y testamentos y lo hace criminal lawyer, la incipiente firma unipersonal muta en boutique legal e incorpora skateholders: secretaria, guardaespaldas, y una larga lista de presidiarios-clientes de malas pulgas que se convierten en mano de obra siempre disponible, abundancia de celulares desechables que se destruyen después de cada llamada riesgosa, y claro está, abundante dinero que le otorga confort y sensación de poder, producto de sus actuaciones acertadas.

Nuestro personaje se vuelve facilitador e instrumento para la mutación del apocado profesor de química: Walt Withman y en proceso inverso del disloco y beligerante Jesse Pinkman, él es el barquero de las dos monedas, el iniciador del lavado, la anomia y la impunidad; el hermano lobo, sin embargo, ya en su plenitud se apocopa, cae en desgracia y huye, puede que de sí mismo, no importa de quien, cuando no se es cabeza de león.