Perú: ¿Qué pasó? Un quinquenio de desvaríos (2016-2021). Prolegómenos de un Bicentenario y unas elecciones entre la ética de las convicciones y la ética de la responsabilidad

Doctor en Derecho Público por la Universidad Santiago de Compostela. Profesor de Derecho Constitucional, Derecho Procesal Constitucional, Teoría General de los Derechos Humanos y Teoría de la Interpretación Constitucional; ex magistrado del Tribunal Constitucional peruano y ex director del Centro de Estudios Constitucionales del TC.

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Los cumpleaños constitucionales

El Perú este año 2021 cumple el Bicentenario de la Independencia. Debería ser, por tanto, un año de efemérides para todos los peruanos, pues es un cumpleaños constitucional de especial relevancia. Ya Peter Häberle ha reflexionado en su momento sobre estas fechas   a nivel planetario, sobre todo del mundo occidental cuando se ha tratado de hechos que han impactado y han traspasado las fronteras de los Estados. Se trata de grandes fechas “como las de los años 1776 (Virginia Bill of Rights), 1787 (Federalist Papers), 1789 (Declaración francesa de los Derechos del Hombre y el Ciudadano), 1848 (Constitución Federal Suiza), 1849 (Convención Constituyente alemana en la Iglesia de San Pablo, en Francfort) 1947 (Constitución italiana), 1948 (Declaración Universal de los Derechos del Hombre”[1].

Siempre existe en la vida un buen motivo para celebrar, y doscientos años de vida republicana, con todo lo que ella supone en nuestra américa morena es más que un buen motivo: es una necesidad de hacer un alto en el camino y echar a mirar en lontananza del tiempo lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos o deberíamos ser a nivel del colectivo humano que puebla un territorio y que significa un Estado, un país, una nación que es nuestra patria. La Teoría del Estado identifica tres componentes de un Estado:  el pueblo, su territorio y el poder político que se ejerce en el marco de una soberanía. Habría un cuarto elemento que ha sido revindicado desde Herman Heller y en las últimas décadas por el propio Häberle que es el componente cultural. Así, cada Estado tiene toda una historia, y siempre están pobladas de grandezas y miserias y el Perú no está exento de ellas. Ya Germán Carrera ha señalado que el tránsito del Estado colonial al Estado independiente nacional en las recién emancipadas colonias españolas de América fue un proceso complejo y prolongado. Lo primero porque no se puede reducir el cambio institucional sin que ello significara cambios sociales y políticos. Y fue prolongado porque en su vasta extensión el cambio abarcaba sustituir no sólo dicho orden colonial, sino instaurar un orden independiente nacional. Este período, anota el historiador Carrera se extendió a lo largo de casi siete décadas del siglo XIX[2].  Pero estas breves cuartillas no permiten acaso más que afirmar que el Perú constituye una vieja cultura milenaria que precede a otras en la historia de la civilización y que, a la venida de los conquistadores, existía un imperio forjado por los incas, con un aliento de organización planificada de lo que fue el antiguo Tahuantinsuyo. Pero a la quiebra de esta organización que comprendía extensos territorios que hoy pueblan varios Estados, supuso un periodo de colonización que generó el mestizaje y en su momento, llegó la forja de la independencia auspiciada por criollos, pero precedida por grandes guerreros que afirmaban la ruptura con el orden impuesto por los conquistadores y la posterior colonia del virreinato del Perú. Como todo tiene su tiempo y su época, al largo período de la colonia, con sus luchas internas y míticos mártires precursores de la independencia como Túpac Amaru, Micaela Bastidas, y los diversos ideólogos y pensadores libertarios, habría de llegar la independencia proclamada oficialmente por El Libertador Don José de San Martín en 1821 y sellada definitivamente en 1824 en las Pampas de Junín y Ayacucho con Bolívar y Sucre. Hoy hemos llegado a este onomástico mítico de dos siglos de independencia, pero que nos recibe bajo una horrible pandemia desatada por el coronavirus, con todas las consecuencias de una   crisis sanitaria[3] y más de cien mil muertos, una crisis económica y lo peor, en nuestro concepto, una crisis política de gobernabilidad nunca vista en nuestra historia republicana, con el prolegómeno de una incierta elección con un giro de nuestros sistema democrático liberal hacia los desvaríos de un proyecto a la ruina de una opción explícita hacia el socialismo del siglo XXI, es decir, al hambre,  la miseria y a la liquidación de las libertades. Frente a ello, surge la pregunta: ¿qué reflexionar?

Los historiadores y expertos vienen dando cuenta de muchos relatos en la que se ha reconstruido los sucesos y hechos que explican el movimiento geopolítico de América Latina[4] y sus luchas, así como sus grandes pensadores que gestaron los movimientos políticos. Así, entre la inmensa pléyade de pensadores destacan en Argentina: José Ingenieros, Manuel Ugarte, Ezequiel Martínez Estrada, Alejandro Korn, Eduardo Mallea, Raúl Scalabrini Ortiz, Juan José Hernández Arregui, Ricardo Rojas. En Bolivia: Alcides Arguedas, Franz Tamayo, Carlos Montenegro, Augusto Céspedes. Brasil a Gilberto Freyre, Antonio Cándido, Darcy Ribeiro. Chile:  Joaquín Edwards Bello, Felipe Herrera, Colombia:  Germán Arciniegas, Costa Rica: Vicente Sáenz, Cuba: José Martí, Fernando Ortiz y Leopoldo Benites Vinueza. El Salvador: Alberto Masferrer. Guatemala: Miguel Ángel Asturias y Juan José Arévalo. Honduras: Froylán Turcios. México:  Alfonso Reyes, Vicente Lombardo Toledano, José Vasconcelos y Antonio Caso.  Nicaragua: Julio Ycaza Tigerino. Panamá: Justo Arosemena. Paraguay: Rafael Barrett. Perú: Francisco García Calderón, Antenor Orrego, Víctor Andrés Belaunde, José Carlos Mariátegui, Víctor Raúl Haya de la Torre. Puerto Rico: Eugenio María de Hostos. República Dominicana: Pedro Henríquez Ureña. Uruguay: Carlos Vaz Ferreira, José Enrique Rodó y Angel Rama y Venezuela a Rufino Blanco Fombona, Laureano Vallenilla Lanz y Mariano Picón Salas[5]. Pero hoy, aunque es muy cercano una evolución con aliento histórico, nos proponemos simplemente describir una cronología que pasará dichos hechos seguramente a los registros de la historia del Perú, como una de las más ignominiosas, pues, la clase política de quienes han venido gobernando en este período, han sido personalidades que marcan el derrotero de la estupidez humana, y con ello, sus decisiones colectivas tomadas en los conventículos del poder, han afectado en estos tiempos de pandemia, al componente “pueblo” de nuestro país, con decisiones políticas amén de inútiles, estragadas por muerte y desolación, en el marco de la Pandemia y una crisis institucional del Estado y ahora con una confrontación entre dos candidatos, cada uno representando el sistema liberal y otro, un inminente gobernante en las elecciones de segunda vuelta, con el proyecto explícito de un discurso populista[6] de cambio de un sistema político sustentado en la ideología marxista leninista y con la amenaza a un retorno jurásico de un socialismo que, los pocos que quedan, son ya Estados no sólo en crisis, sino fallidos, llenos de hambruna, miseria, crimen, pobreza. En suma, la ruina total. Este régimen es el que se pretende implementar,  lo que generará no sólo lo descrito, sino la violación y la amenaza de las libertades, la economía social de mercado, dado que pretende una supresión de la actual constitución, convocar a una Asamblea Constituyente (lo que significa, desde luego, el inicio de un gobierno de facto) y el resto ya es una crónica anunciada como de los demás países como Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua; o en geografías más lejanas, ese autarquía  de Corea del Norte, etc. La gran pregunta entonces en esta fecha que más de fiesta es de escepticismo a nuestro sistema político y a la propia democracia constitucional, es cómo se ha llegado a esta situación. Qué nos espera como proyecto de país en un mundo globalizado; ¿la llegada de un régimen distinto al pensamiento liberal, en el más clásico sentido de la palabra en la historia del pensamiento político es viable? Estimamos que ha sido nuestra propia clase gobernante liberal, la gran culpable de esta tragedia. La promesa del Perú como república del que hablaba Basadre no se ha cumplido[7], las grandes brechas de diferencia social siguen[8] allí; hay, por tanto, mucho que reformar para que el Perú como República, dote a su gente de bienes y servicios, de educación, trabajo, vivienda, salud. En buena cuenta, que sean efectivas las políticas públicas de los derechos de la segunda generación, es decir, los derechos económicos, sociales y culturales. Y, desde luego, la vigencia real de los derechos humanos, pues en todo Estado el termómetro de verificar su legitimidad, pasa por el baremo de asegurar el control del poder político; y no cabe duda que los tribunales constitucionales constituyen una pieza clave en la consolidación de la democracia[9].

Vea también: El primer centenario de los tribunales

Cronología para una breve historia de la ignominia

Las variantes nacionales de las grandes fechas son los que desde hace unos años empezaron los jubileos por los bicentenarios a lo largo de toda nuestra Latinoamérica. Carlos Malamud recuerda que en 1992 se celebró el V Centenario del Descubrimiento de América, o del Encuentro de dos Mundos y que allí se perdió una gran oportunidad para que españoles y latinoamericanos reflexionaran conjuntamente sobre un pasado común. El bicentenario ya ha empezado a celebrarse desde hace varios años en los países de la región y las dos únicas excepciones son Haití, que debió conmemorarlo en el 2004, pero por los grandes problemas internos y de ser de hecho un Estado fallido, no ha podido celebrarlo y Cuba deberá esperar hasta el 2098[10]. Hoy estamos en una gran fecha que inexorablemente habría de llegar: el mítico 2021 y lo ideal en la agenda nacional  es formularse seria, mesurada y reflexivamente las grandes preguntas en perspectiva histórica y son muchas sobre el Perú,  su gobernabilidad, la lucha por la democracia que oscila del autoritarismo a las transiciones políticas, o lo que es lo mismo entre el péndulo de   gobiernos de facto y de jure, los pensamientos políticos, las ideologías de la izquierda y  derecha, la formación de los sistemas de  partidos, los movimientos obreros, los problemas limítrofes, la evolución demográfica, el mundo rural, la permanente agenda de la pobreza de muchos sectores sociales que no logran acceder a un disfrute mínimo de los bienes y servicios básicos; las traiciones y lealtades en la política gubernamental. Los sueños y esperanzas de todas las familias por afirmar sus proyectos individuales; los éxitos y fracasos del Perú como república, en donde se ubican aspectos económicos como el desarrollo de las exportaciones, las inversiones extranjeras y la actividad productiva, en fin, la lista, desde luego es larga.

Un bicentenario es no sólo de celebración, sino meditar por el Perú del mañana. Los historiadores han derramado mucha tinta en estudiar la génesis de la  formación de los Estados nacionales, y así Chiaramonte sostiene que dichos estudios se han hecho bajo el prejuicio ideológico y metodológico que las actuales naciones iberoamericanas existían a comienzos del siglo XIX, cuando se abre el ciclo de las independencias; y ello bajo el presupuesto de asociar nación con nacionalidad; y “por lo tanto, inferir la existencia hacia fines de la colonia, de comunidades que habrían reivindicado su derecho a conformar Estados independientes en virtud de la posesión de una cultura común. Este anacronismo -anacronismo dado que la noción de nacionalidad como fundamento de la legitimidad política no existía aún- tiene también sus consecuencias metodológicas. Por un lado, inclinó a los historiadores a estudiar el pasado colonial sólo en aquellos aspectos que resultaran relevantes para explicar el origen de las posteriores naciones y, por otro, a interpretar los indicios de sentimientos de identidad colectiva como gérmenes de sentimientos nacionales, postulando “protonacionalismos” por doquier”[11]. Independientemente de las reflexiones de este historiador, recordemos el clásico ensayo de Ernesto Renán ¿Qué es una nación? (1882): “Las naciones no son eternas. Han tenido un comienzo y tendrán un fin”, hoy el Perú no es un simple conglomerado humano étnicamente homogéneo, tiene una rica diversidad, pero a lo largo de estos doscientos años, aún sigue buscando su propio derrotero en la construcción de un sentimiento de identidad nacional. Es claro que como desiderátum todos (¿todos?) quisiéramos un Perú grande, con una población total en una niñez con cero anemia, con un Estado que no sea invisible, dado que los ciudadanos no perciben sus políticas de inclusión, desarrollo, un Perú competitivo con una capital humano formado en la excelencia educativa, una integración territorial de la costa, sierra y selva; cero corrupción en el funcionariado público, una población resiliente con fortalezas, con una exportación de productos masivos que generen grandes divisas, un empresariado que sea igualmente justo y equitativo en la contraprestación del trabajo. Un Perú donde se afirmen los valores republicanos, donde funcione en el marco de la independencia de los diversos órganos del Estado los frenos y contrapesos y la división de poderes, donde prime una prensa seria y no hipotecada a los regímenes políticos que sirven de cortesanas orientando corrientes de opinión y generando posverdades en las noticias con real malicia. En suma, todos quisiéramos que nuestra patria sea de una plenitud real de un Estado Constitucional, donde se respeten las libertades fundamentales y pueda sumarse a los tiempos de la actual posmodernidad en eficiencia, prosperidad y competitividad. El Perú es grande, su gente, su historia, sus lenguas aborígenes, sus tesoros ecológicos, arquitectónicos, de grandes riquezas, su mar, su comida hoy reivindicada a nivel internacional, su narrativa literaria de nuestros escritores y poetas, sus restos precolombinos, sus tesoros republicanos en la arquitectura, sus danzas, sus fiestas tradicionales, la belleza de nuestras mujeres, sus tradiciones religiosas. En suma, es un país multicultural, con muchos colores fundidos en nuestro mestizaje, en nuestra diversidad, y que, por lo tanto, formamos una gran nación colectiva en el marco identitario. Es nuestra patria, es nuestra nación. Cómo no quererla y cómo no defenderla.

Pero ¿qué es lo que ha ocurrido en los últimos tiempos?

El régimen político en el Perú en las últimas tres décadas se ha desarrollado a través de una compleja dinámica política bajo una cultura del estigma en torno a los actores políticos, con epítetos que, en lugar de desarrollar una cultura política de discusión racional, objetiva y tolerante, se ha apelado a la manida falacia ad hominem[12] Los politólogos han penetrado en los últimos tiempos en afinar la idea de lo que es la cultura política, y ella trasunta dos dimensiones que interesan aquí poner en evidencia: 1) Una percepción subjetiva de la política en la que cultura política significa la orientación psicológica hacia objetivos políticos, y que presentan tres elementos: a) el ámbito de la subjetividad, que “es la manifestación, en forma conjunta de las dimensiones psicológicas y subjetivas de la política”. Aquí lo que interesa en el mundo de la política es lo que la gente piensa, cree y siente de lo que sucede o debería suceder en ese ámbito; b) Las actitudes en la que se parte de las premisas que los individuos no responden o actúan de forma directa y mecánica a los estímulos que reciben, sino que lo hacen en función a ciertos patrones mentales, o predisposición u orientaciones; y c) Las orientaciones y los objetos políticos que apuntan a una dirección: hacia los objetos políticos, como puede ser, quizá una de las más importantes, las elecciones a la  presidencia de la república. Y, 2) La dimensión colectiva de las orientaciones que estudia la dimensión colectiva de la cultura política, y que consiste en “la particular distribución de las pautas de orientación hacia objetos políticos entre los miembros de dicha nación”[13]. Es importante tomar en cuenta estos enfoques politológicos, a fin de apreciar que la actual cultura política responde a una serie de actitudes predispuestas en el imaginario colectivo; y ello nos permitirá entender lo que aquí vamos a postular, respecto a estas elecciones que definirán el cuestionamiento del sistema político de una democracia constitucional y republicana; o la opción a los modelos del llamado “socialismo del siglo XXI” auspiciado por el Grupo de Sao Paulo.

Es cierto que, mirado en perspectiva, el bicentenario tiene un profundo abismo en el reparto de los bienes y servicios a lo largo y ancho de nuestro territorio. De eso han dado cuenta no sólo los historiadores sino las diversas vertientes de las ciencias sociales. Aun así, el Perú ha tenido y tiene una clase popular emprendedora[14].  Pero también una clase capitalista mercantilista que ha medrado del Estado[15].  El último quinquenio del 2016-2021 ha sido un gobierno para la historia de la ignominia en el Perú. En efecto, este periodo se inicia con una relación de revancha entre una lideresa con una mayoría aplastante en el Parlamento y un Ejecutivo sin una estructura partidaria de rigor. La relación amigo-enemigo que describe Carl Schmitt[16] se ha hecho patente en este periodo. Es evidente que la crisis entre ambos órganos del Estado terminó con la renuncia y cuasi vacancia por inminente incapacidad moral de don Pedro Pablo Kuczynski. Al asumir Martín Vizcarra el periodo gubernamental que dejaba el exmandatario está surcado por un horizonte de enfrentamiento que terminó con la disolución del Congreso y el periplo precedido de odio, rencores y traiciones de Martín Vizcarra, quien utilizó el pretexto de una reforma política. Todos estos escenarios son demasiado cercanos para realizar un enfoque desapasionado y objetivo de lo que ha acontecido en nuestra historia contemporánea. Y bajo estas dos tormentas que aun asola el Perú, una que es la pandemia y la otra, la crisis política, constituyen los prolegómenos del teatro del actual bicentenario que tiene como inminente resultado unas elecciones que serán definitivas para mantener los valores de una democracia constitucional o el inicio de un proyecto socialista como cuesta abajo a la redada de la miseria y la liquidación de las libertades.

¿Qué significa el quinquenio gubernamental 2016-2021?

La descripción veloz y cinematográfica es que tuvimos un ganador en las elecciones presidenciales del 2016: Pedro Pablo Kuczynski. Un legislativo con una lideresa Keiko Fujimori que sintió que le había robaron las elecciones presidenciales, pues perdió por poco menos de 40,000 votos y que ab initio se trazó un plan de hacerle la vida imposible al gobierno recién instalado de PPK. Y reconozcamos que fue un error político de grave irresponsabilidad, pues no hubo una gobernabilidad y sí mucha obstrucción del Congreso. A ello se sumó luego una seria de intrigas que terminaron con traiciones y felonías: un vicepresidente de la República, Martín Vizcarra que terminó asumiendo la presidencia y con él se inicia el periplo de la ignominia, no solo por las traiciones, sino por la ineficiencia, incapacidad, en un desgobierno con una sola mira: enfrentar al parlamento y doblegarlo, a fin de generar réditos políticos, desencadenando con ello lo que todo el mundo aplaudió en parte: la disolución del Congreso.  El cuadro de este período gubernamental ha estado barnizado con un populismo penal mediático, con una prensa monopolizada por empresarios dueños de los medios de comunicación  que han recibido grandes sumas de dinero y siguen recibiendo bajo el actual gobierno de Sagasti, bajo la figura de un blanqueamiento de ingresos por publicidad estatal, permitiendo que el presidente Vizcarra no tenga una prensa crítica que genere éticamente corrientes de opinión; es decir unas libertades preferidas sin posverdades creadas por la prensa escrita, hablada y televisada; un Ministerio Público igualmente copado por el Ejecutivo criminalizando todo, un Poder Judicial bajo el escenario levantado por el fenómeno del crimen organizado de “los cuellos blancos”, poniendo en la mira a jueces; todos estos hechos desencadenaron las reformas políticas que impulsara una comisión que terminara con la demolición de la inmunidad parlamentaria, cuya posverdad ha sido crear el imaginario de sinónimo de impunidad[17]; y con ello, una reforma al Consejo Nacional de la Magistratura por la Junta Nacional de Justicia que, en los hechos ha sido un cambio meramente de nombre. Es decir, el Ejecutivo liderado por Martín Vizcarra, dio muestra de un acabado “discurso político” de lo que era el país; un estado liderado por gobernantes con vinculaciones a corrupción, manteniendo monotemáticamente “su” discurso de liderar la lucha anticorrupción. La historia hoy ya lo conocemos: el Congreso electo fruto de su hechura, terminó enfrentando a su gestor y Vizcarra  fue objeto de  vacancia por el Congreso electo por lo que quedaba de su período y termina siendo destituido  por incapacidad moral; ello llevó a la prensa y diversas organizaciones a cuestionar al flamante Presidente de la República que era el Presidente del Congreso Manuel Arturo Merino De Lama, y cuya historia para la república fue de apenas una semana, pues desencadenó la protesta de una juventud autoproclamada “la generación del bicentenario”, pero que en rigor, fue una reacción más de emotio que de ratio. Todo esto termina nuevamente por ser objeto de una nueva vacancia por su propio congreso, saliendo nuevamente electo otro miembro del Congreso para asumir las riendas del Ejecutivo: Francisco Rafael Sagasti Hochhausler. Es decir, en tan pocos días, tuvimos tres presidentes de la república, lo que identifica a nuestro Estado como un Estado en crisis en la expresión de Bauman, propio de nuestro paisaje “natural” de la cultura política peruana expresada en la individualidad ciudadana y en los colectivos de la misma[18].

Es probable que todos los gobiernos del mundo, al no vivir el planeta un “estado de normalidad” derivado del fenómeno de la pandemia, exista cierta dosis de ineficiencia en su gobernabilidad. Pero, en el caso del Perú, los resultados de este período, por los componente de los enfrentamientos entre un Congreso hostil al Ejecutivo, y éste de buscar pretexto para su correspondiente disolución, llevó no sólo a un Estado de crisis, sino a la desinstitucionalización y al  abismo que hoy enfrenta  galopante entre una posibilidad de un régimen socialista con un candidato llamado José Pedro Castillo Terrones; y del otro lado, el proyecto de mantener el sistema de una democracia liberal, liderada por Keiko Sofía Fujimori Higuchi.

Entre la ética de las convicciones y la ética de la responsabilidad: La lección de Max Weber

El momento que hoy vivimos mientras se escriben estas cuartillas, es la polarización y enfrentamiento de estos dos candidatos. Algunos han presentado una “tercera alternativa”: el voto nulo y en blanco, debiendo obtener un alto porcentaje para que se declaren nulas dichas elecciones, dado que ambos candidatos “no los representan”. Más allá de estos deseos, lo cierto es que el sistema electoral del ballotage definirá un solo triunfador, de manera que esta tercera alternativa es inviable.

Interesa aquí, ubicar el cuadro y escenario del momento que vive el Perú, en el marco del bicentenario, sumado a unas elecciones cruciales nunca vistas en su historia, dado que la opción que se defina, significará eventualmente el inicio de un proyecto político abiertamente socialista con una postura expresada en un “ideario” elaborado por un líder formado en los predios del régimen cubano como médico neurocirujano,  nos referimos a Vladimir Roy Cerrón Rojas, jefe del Partido Perú Libre, quien en forma abierta ha establecido el proyecto socialista en la expresión  más pura de apología del sistema cubano-venezolano con miras a tomar el poder y no el gobierno y perpetuarse en él. Afirmación que ha sido reiterada por otro electo congresista con un pasado senderista como es de público conocimiento.  Es cierto que un gran sector de la población ve ciertas expectativas al candidato de este partido ortodoxamente marxista leninista. Esto último, en el santuario marxista supone dar por cierto que la lucha de clases desembocará en el parto histórico de una guerra revolucionaria; y si no existen los factores externos que condicionen dicha coyuntura, debe ser creada; lo cierto es que la clásica prédica del pase al socialismo, necesariamente concurren con las llamadas fuerzas revolucionarias. Esta visión maniquea, fue, sin embargo, objeto de una inusitada experiencia con el líder socialista Salvador Allende, quien ganó las elecciones en las urnas y empezó un proyecto socialista que, a la postre, fue motivo de un cruento golpe de Estado en 1973. La experiencia posteriormente ha sido la desarrollada por Hugo Chávez; y luego en Bolivia con Evo Morales.  Ambos no significaron guerras civiles, revoluciones violentas ni mucho menos un movimiento popular sostenido; las condiciones fueron muy singulares en el caso de Venezuela que, a la postre, terminó por llegar al poder e iniciar un cronograma que es el que ha impuesto en su momento igualmente Evo Morales. El caso de Nicaragua, después de la guerra sandinista tras una larga jornada de lucha, el FSLN logra derrocar a la dictadura de Somoza estableciéndose el régimen sandinista en 1979 y 1990; lo propio, impulsaron una Constitución que les ha permitido llegar por una segunda oportunidad a gobernar con Daniel Ortega, manteniéndose en el poder hasta la fecha.  El caso peruano, con las elecciones ad portas en junio, hay la posibilidad que salga electo por primera vez en la historia un presidente con un proyecto similar a las cercanías del proyecto político del Foro de Sao Paulo que agrupa a partidos, grupos y movimientos de izquierda, centroizquierda y extrema izquierda latinoamericanos. De ocurrir esto, en poco tiempo y no como ha sido el régimen venezolano, estallará en un libertinaje de caos, anarquía bajo la prédica de un régimen que ha prometido en el Perú, “no más pobres en un país rico”. El populismo, como ha anotado Enrique Krauze, “ha sido un mal endémico de América Latina. El líder populista arenga al pueblo contra el “no pueblo”, anuncia el amanecer de la historia, promete el cielo en la tierra. Cuando llega al poder, micrófono en mano decreta la verdad oficial, desquicia la economía, azuza el odio de clases, mantiene a las masas en continua movilización, desdeña los parlamentos, manipula las elecciones, acota las libertades”[19]. El discurso político que venimos observando del líder Pedro Castillo, es que solamente él es el único que representa ser el portavoz y usar exclusivamente la legitimidad del concepto “pueblo”, marcando desde ya un imaginario de la “cultura política colectiva” para persuadir al elector. Siendo unas justas electorales entre ambos candidatos, ya depende de cómo se implemente el discurso político en el marco de lo que la politología denomina “comunicación política”[20]. Pero interesa aquí, tomar muy en cuenta que, en la cultura política individual, tanto como en la colectiva, el ciudadano peruano tiene ya un marco de creencias y prejuicios respecto a los objetos políticos, como son en este caso las elecciones a la Presidencia de la República.

Max Weber fue el que formuló la distinción entre la “ética de la intención” (Gesinnungsethik) y “ética de la responsabilidad” también identificada como la ética de las consecuencias.  (Verantwortunsgsethik). La primera pretende el bien, según como uno lo vea, y no tiene en cuenta las consecuencias de su decisión. Así, aunque el mundo se desplome, aunque la Pandemia destruya miles de vidas humanas, la buena intención es lo que debe primar. La ética de la responsabilidad, en cambio, lo que tiene en cuenta son las consecuencias de las acciones o de las decisiones que uno toma. Así, si las consecuencias son malas y perjudiciales, no debemos actuar o no tomar tal decisión porque es fatal. Por cierto,  el tema no es de suyo sencillo. Weber se interroga sobre cuál es la verdadera relación entre la ética y la política. Y llega a concebir estas dos éticas. Y reflexiona que no es que la ética de la intención o de las convicciones sea lo mismo que falta de responsabilidad y que la ética de la responsabilidad suponga una falta de convicciones. Pero sostiene que hay una diferencia abismal entre actuar bajo una ética de intención y una ética de la responsabilidad. Precisa Weber: “Quien actúa según la ética de las convicciones de conciencia sólo se siente “responsable” de que no se apague la llama de la pura convicción, la llama, por ejemplo, de la protesta contra la injusticia del sistema social. Avivarla continuamente es la finalidad de sus acciones, las cuales, juzgadas desde el punto de vista de su posible resultado, son totalmente irracionales y sólo pueden y deben tener un valor de ejemplo”[21]. Esta ética es la que vienen predicando los “políticamente correctos”, los grupos que se sienten con la reserva moral impoluta y en su constructo mental (recuérdese más arriba el concepto subjetivo de la cultura política), vienen auspiciando la elección de candidato que pregona la vía socialista.

Hoy, en la coyuntura previa al bicentenario, observamos a una importante cantidad de personas, “políticamente correctas” que se ubican en el frente de la “ética de las convicciones”. Y están allí, en la prensa, en todos los medios de comunicación social, en las redes, generando las reservas morales, y estigmatizando bajo la falacia ad hominem a todas las personas que se levantan en esta coyuntura electoral por votar por una alternativa que, para los que predican la ética de la intención o de la convicción, es sinónimo de elegir la corrupción a través de la lideresa Keiko Fujimori. Desde luego, es un legítimo derecho de este sector de las personas que cuidan la ética de las convicciones. Ello los llevará, por tanto, a elegir a otro candidato en este ballotage y que es la opción del escenario socialista que abiertamente predica el señor Pedro Castillo. Es decir, el sector electoral que habrá de votar por Castillo, lo hará porque sus convicciones morales repugnan elegir a la hija de un dictador. No interesa que el régimen que venga con Castillo, sea la presunta “refundación” de un nuevo orden socialista; lo importante es que no quieren hipotecar su voto por una odiada lideresa que no forma parte de la reserva de sus convicciones políticas, morales etc. No interesa, por tanto, que el Perú se vea en un futuro cercano, ubicado en el marco de una alianza del bloque que lidera Cuba, Venezuela, Nicaragua y otros regímenes afines. Esa es la ética de la convicción, no interesarle los resultados; sino preservar la convicción personal.

Frente a esta ética, los que van a votar por la señora Keiko, han decidido ubicarse en el escenario actual, en la “ética de la responsabilidad”. Esto significa que no interesa aquí, la elección de la propia señora Keiko, sino la de preservar la democracia constitucional, la seguridad jurídica, los derechos y libertades, la propiedad, la división de poderes, la presencia de los instrumentos de frenos y contrapesos, una alta corte que tenga la posibilidad real de ejercer el control del poder y garantizarle a los ciudadanos el estatuto de sus libertades; en buena cuenta, la ética de la responsabilidad es esa: ser responsable con lo que se va a elegir, porque una empresa de esta naturaleza supondrá, entre otras cosas, como expresa Weber, una actitud y conducta de ver las consecuencias.

Los que están en esta orilla, se ubican, por tanto, en el marco de la ética de las consecuencias que pregona Weber. ¿A qué atribuimos esto?  A algo muy simple: quien actúa sobre esta ética, ve el escenario del futuro, ya no sólo de las contingencias, sino de lo que vendrá; y si esas consecuencias son el derrumbamiento de la democracia constitucional; no debe votar según sus convicciones; sino a las consecuencias de lo que ello significa, esto es   elegir por quien le garantiza el mantenimiento de un sistema democrático con la alternancia del poder. Claro ejemplo de ello lo ha dado el célebre novelista Mario Vargas Llosa. Ha preferido dejar sus rencores en torno a la familia Fujimori, y ha declarado sin ambages que la única opción que tiene el ciudadano peruano para preservar la democracia y las libertades es votar por la señora Keiko Fujimori. Esta actitud del nobel de literatura es la expresión más clara de asumir una verdadera ética de la responsabilidad y de las consecuencias.

Giovanni Sartori igualmente es contundente cuando reflexiona sobre la ética de las convicciones: “Si veo en el mar a una persona que se está ahogando, me tiro al agua y trato de salvarla, cueste lo que cueste. Pero si luego me ahogo yo también, el resultado será que tendremos dos muertos en vez de uno. ¿Es igualmente buena mi acción? No. La ética de las buenas intenciones, que está hecha toda ella de fines y no de medios, de por sí solamente puede ser destructiva. Perjudica a todos y no le sirve a nadie”[22]

Quien actúa sobre la ética de las convicciones, en este caso para elegir al candidato alterno como es Pedro Castillo, en rigor está preservando sus convicciones personales, pero a la postre, dicha decisión constituirá la ruina del Perú como república democrática; y quienes optan por lo que precisamente se ha decantado Mario Vargas Llosa constituirán la masa electoral responsable en elegir y preservar la democracia constitucional.

No cabe duda que el bicentenario que se avecina en nuestra patria se encuentra atenazado por estas dos grandes tormentas, una la viral a partir de la pandemia desencadenada por el coronavirus y otra; la crisis política que hoy presenta esta disyuntiva y que, a nuestro entender ha estado precedida por un quinquenio de una gobernabilidad de traiciones y de ineficacia de quienes han detentado en este periodo el poder.

Finalmente, cabe reflexionar que el Perú no puede estar en la agenda cotidiana de la cultura política en la ciudadanía, bajo un odio histórico de hechos que ocurrieron hace tres décadas. Se ha satanizado tanto al régimen de Alberto Fujimori que en política como expresa el poema de Ramón de Campoamor (“Las dos linternas”) no se le ha hecho del todo justicia, “Y es que en el mundo traidor/ nada hay de verdad ni mentira;/ todo es según el color/ del cristal con que se mira”. Es verdad que existe un pasivo vinculado a diversos hechos. Su líder histórico viene pagando una condena, así como altos funcionarios y militares. Pero no se puede seguir manteniendo la agenda de discusión con una sistemática restricción de descalificar a las personas bajo la falacia ad hominem.  La candidata Keiko Fujimori tiene un escenario de llevar al país en su conjunto, a garantizar la democracia, la seguridad jurídica, el bien común, las libertades, los valores y principios constitucionales; y si bien el pasado no se puede reparar, tiene hoy la oportunidad legítima que el pueblo responsable le otorga para enmendar un pasado y reivindicar el apellido; lo tuvo Alan García en su segundo período gubernamental y definitivamente llegará a buen puerto. Le corresponde al Perú definirse por la ética de la responsabilidad y de las consecuencias.

Queda por tanto, el Perú en manos de cada ciudadano elector. Los escenarios no son nada fáciles para mantener la democracia.

Lima, 1 de mayo de 2021

Día de San José Obrero


[1] Häberle, Peter: El estado constitucional. Astrea, Buenos Aires, 2007, p. 135.
[2] CARRERA DAMAS, GERMÁN: “Del Estado colonial al Estado independiente nacional”, en: Historia General de América Latina, Vol. VI La construcción de las naciones latinoamericanas, 1820-1870. Directora Josefina Z. Vásquez, Ediciones Unesco, Ed. Trota, Madrid 2007, p. 37
[3] BLUME FORTINI, Ernesto y SÁENZ DÁVALOS, Luis R. (Coordinadores): Emergencia sanitaria por Covid19. Retos al constitucionalismo peruano. Asociación Peruana de Derecho Constitucional, Lima Adrus, 2020
[4] GONZÁLES MANRIQUE, Luis: América Latina: De la Conquista a la Globalización. Universidad científica del Sur. Fondo Editorial, Lima 2009
[5] Vid. in extensu el trabajo de PIÑEIRO IÑÍGUEZ, Carlos: Pensadores latinoamericanos del siglo XX. Ideas, utopía y destino. Buenos Aires, Siglo XXI Editora Iberoamericana, 2006
[6] RIVERO, Ángel, ZARZALEJOS, Javier y DEL PALACIO, Jorge (Coordinadores): Geografía del populismo.  Madrid, Tecnos. Prefacio de Enrique Krauze, 2da edición 2018
[7] BASADRE, Jorge: Perú problema y posibilidad, 2da edición reproducción facsimilar de la primera edición de 1931. Apéndice “Algunas reconsideraciones 47 años después”. Antecede prólogo de Jorge Puccinelli. Lima Banco Internacional de Perú 1978. Se atribuye a esta obra como “libro mito” en la medida que el título habla por sí solo, sin necesidad de leerlo. Esto ha ocurrido con libros como La decadencia de occidente de Oswald Spengler o Ideal de la humanidad de Friedrich Krause. Igual es recomendable el colectivo: Historia Problema y Promesa. Homenaje a Jorge Basadre, a cargo de Francisco Miró Quesada C., Franklin Pease García y David Sobrevilla. Lima, Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú 1978
[8] COTLER, Julio: Clases, Estado y Nación en el Perú. Lima, IEP. Instituto de Estudios Peruanos; 3era edición 2006
[9] Puede verse el Estudio preliminar nuestro: “Contribuciones del Tribunal Constitucional al fortalecimiento de la democracia en el Perú: Una mirada panorámica a 30 años de su existencia”, en Treinta años de jurisdicción constitucional en el Perú. Gerardo Eto Cruz Coordinador. Tomo I, Lima Centro de Estudios Constitucionales del Tribunal Constitucional, 2013
[10] MALAMUD, Carlos: Historia de América. Madrid, Alianza Editorial, 2009
[11] CHIARAMONTE, José Carlos: Nación y Estado en Iberoamérica. El lenguaje político en tiempos de las independencias. Buenos Aires, Sudamericana, 2004, p. 11
[12] Vid. ATIENZA, Manuel: La guerra de las falacias. ¿Cómo hacer frente a los malos argumentos en la esfera pública?, Lima, Grijley 2018. SPECTOR, Ezequiel: Malversados. Cómo la falacia se apoderó del debate político (y cómo volver a la lógica de la argumentación) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Sudamericana, 2018. Un clásico sobre la manipulación es el de BERNAYS, Edward: Propaganda. Madrid, Melusina,  2010; igualmente KOYRÉ, Alexandre: La función política de la mentira moderna. Prólogo y traducción de Fernando Sánchez Pintado, Madrid, Pasos Perdidos 2015.
[13] Vid. a MAGRE FERRAN, Jaume y MARTÍNEZ HERRERA, Enric: “La cultura política”, en:  CAMINAL BADIA, Miquel (Editor): Manual de Ciencia Política, Madrid, Tecnos, 3era edición 2006, p. 287-290. Antecede prólogo de Jordi Capo Giol; lo propio ALMOD, Gabriel A. y VERBA, Sidney: “La cultura política”, en: VV.AA.: Diez textos básicos de Ciencia Política, Recopilación de Albert Batle, Barcelona, Planeta 2014, pp. 171 y ss.
[14] MATOS MAR, José:  Desborde popular y crisis del Estado: veinte años después. Lima, Fondo Editorial del Congreso de la República del Perú, 2004
[15] DE SOTO, Hernando: El otro sendero. En colaboración con Enrique Ghersi y Mario Ghibellini, Antecede prólogo de Mario Vargas Llosa, Bogotá, Instituto Libertad y Democracia 1987.
[16] SCHMITT, Carl: “La distinción política específica, aquella a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos, es la distinción de amigo y enemigo” El concepto de lo político Texto de 1932, con un prólogo y tres corolarios. Versión de Rafael Agapito, Madrid, Alianza Editorial, 2009, p. 56
[17] Vid. nuestro artículo: “Sociología y derecho: Una aproximación en torno a la inmunidad parlamentaria”  En: GARCÍA BELAUNDE, Domingo y TUPAYACHI SOTOMAYOR, Jhonny (Coordinadores: Inmunidad e inviolabilidad parlamentaria. Una mirada a la experiencia peruana y comparada.  Antecede prólogo de Diego Valades. Lima, Instituto Pacífico, 2021; pp 137-190.
[18] BAUMAN, Zygmunt y BORDONI, Carlo: Estado de crisis. Barcelona, Paidos, traducción de Albino Santos Mosquera, 2016.
[19] KAISER, Axel y ÁLVAREZ, GLORIA: El engaño populista. Por qué se arruinan nuestros países y cómo rescatarlos. México, Ariel 2016, pp. 21.
[20] SÁNCHEZ MEDERO, Rubén (Director): Comunicación política. Nuevas dinámicas y ciudadanía permanente. Madrid, Tecnos 2016, pp. 55 y ss. Maarek, Philippe J.: Marketing político y comunicación. Claves para una buena información política. Traducción de Giles Multinger, Barcelona, Espasa, 2009, pp. 313 y ss. MAZZOLENI, Giampietro: La comunicación política. Traducción de Pepa Linares, revisión técnica de Félix Ortega, Madrid, Alianza Editorial, 2018, p 143 y ss.
[21] WEBER, Max: La política como profesión. Edición de Joaquín Abellán, Biblioteca Nueva, Madrid 2007, p. 136-137.
[22] Sartori, Giovanni: La carrera hacia ninguna parte. Diez lecciones sobre nuestra sociedad en peligro. Buenos Aires, Taurus, 2016. Traducción por Núria Petit, p. 81-82

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