Miguel Grau, héroe y precursor del derecho internacional humanitario

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Desde hace muchos años, la Marina de Guerra del Perú lucha para Miguel Grau sea reconocido como algo más allá del héroe que todos conocemos. Su anhelo es que el Caballero de los Mares sea identificado por las masas como un precursor del derecho internacional humanitario. Algo que, como entenderán los especialistas en lo jurídico, es totalmente viable y merecido.

En el 2014, un proyecto de ley intentó declarar a Grau como «Precursor Calificado del Derecho Internacional Humanitario en el Combate Marítimo» y en el 2019  la Sociedad Peruana de la Cruz Roja lo declaró con ese título. Dos puntos importantes en una lucha inspirada en los actos de valor realizados por el marino.

Recordemos que una de las hazañas más recordadas por el recordado héroe fue rescatar a más de 60 náufragos del buque de guerra chileno La Esmeralda en el punto más violento de la llamada Guerra del Pacífico. Pero si queremos entender la verdadera magnitud de estos hecho, debemos apreciar el contexto de la época y la creación de lo que entendemos como Derecho Internacional Humanitario.

Convenios de entonces 

Para entender la importancia de lo logrado por el distinguido Caballero, hay que revisar el Convenio de Ginebra y lo sucedido posteriormente en La Haya. El primero, firmado en 1864, hacia énfasis en el destino de los soldados que resultaran heridos en el fulgor del la guerra. Este convenio sirvió como uno de los principales precedentes para el tipo de derecho que nos reúne aquí.

En su sexto artículo específicamente afirma que a los militares heridos o enfermos debían  recogerlos y cuidarlos, más allá de su nacionalidad. ¿Qué sucedería luego con ellos? Pues los comandantes en jefe tendrán la facultad de entregar inmediatamente a las avanzadas enemigas a los militares enemigos heridos durante el combate cuando las circunstancias lo permitan.

El Perú no se adhirió al convenio inmediatamente. Lo hicimos en 1880, recién un año después de que se sumaran países como Argentina, Bolivia y Chile.

Fue luego de eso que, en 1899, la Convención de La Haya adapta este documento para considerar también la guerra marítima. Antes fue propuesto en 1868 y,  aunque se ratificó en su momento, se consideró la guía para muchos capitanes. Como veremos más adelante.

Esta adaptación incluía los siguientes artículos que son fundamentales para hablar de Miguel Grau:

Art. VIII.- Los marinos y militares embarcados heridos o enfermos de cualquier nación que ellos pertenezcan, serán protegidos y cuidados por los captores.

Art. IX.-Son prisioneros de guerra, los náufragos, heridos, o enfermos o beligerante que caen en poder del otro. A este corresponde decidir, según las circunstancias, si es conveniente guardarlos o dirigirlos a un puerto de su nación, o a un puerto neutral o también a un puerto adversario. En este último caso, los prisioneros así devueltos no podrán servir mientras dure la guerra.

Art. XI.-Las reglas contenidas en los artículos que anteceden no son obligatorias más que para las naciones contratantes, en caso de guerra entre dos o varias de ellas.

Art. XIII.-Las Potencias no signatarias que hubieran aceptado la Convención de Ginebra de 22 de agosto de 1864 están invitadas a adherirse a la presente Convención. A este fin, ellas deberán hacer conocer su adhesión a las Potencias Contratantes mediante una notificación escrita.

El Perú se adhirió a esta nueva versión en 1903 y ahora, con todo esto claro, necesitamos retroceder.

El origen del Caballero

Vayamos a 1879. Es el 15 de mayo de ese año en que el capitán Miguel Grau recibe diversas indicaciones del presidente Mariano Prado, a través del Ministro de Guerra y Marina, Domingo del Solar. Entre ellas, la necesidad de respetar lo afirmado en Ginebra, incluyendo las especificaciones marinas que todavía no se habían ratificado oficialmente.

Las primeras consecuencias de esto se vieron el 21 de mayo de ese mismo año, algunos días después de lo comentado. Durante el combate naval de Iquique, el monitor Huáscar hundió a la corbeta Esmeralda a cargo del capitán Arturo Prat.

Existen tres registros sobre este hecho. La bitácora del monitor escrita por el teniente Carlos de los Heros, el informe firmado por el mismismo Miguel Grau y cartas de sobrevivientes chilenos. En el primer documento se refiere lo siguiente:

«A las 12 horas le pusimos proa a la Esmeralda y recibió por tercera vez un espolonazo que la undió [sic] completamente, quedando en la superficie del mar los restos del buque y parte de su tripulación agarrada a las maderas de flotaban; por lo que se arriaron las embarcaciones y se les prestó auxilio recogiendo a los siguientes individuos. Inmediatamente del choque la tripulación del buque chileno abordó nuestra cubierta y se tuvo que mandar gente a defenderla hasta tomarlos prisioneros…a las cuatro horas el señor comandante mandó arriar las falúas para transportar los heridos a tierra y el cadáver del señor Jorge Velarde”

Por su parte, Miguel Grau detalló en su informe que mandó a todas las embarcaciones del Huáscar a rescatar a 62 náufragos, sobrevivientes de una «ostinada [sic] resistencia». Uno de esos sobrevivientes describió el rescate en una carta, entregada al jefe de las Fuerzas Chilenas.

En su versión, describe que la gran mayoría de rescatados se encontraban próximos a morir ahogados y, por alguna razón, desnudos.

Otro caso importante 

Si bien este es el hecho más citado al momento de resaltar los valores de Grau y el respeto por derecho internacional humanitario, existen otros momentos dignos de mencionar. Se puede subrayar además el encuentro que tuvo Grau con el barco Matías Cousiño.

El 10 de julio de ese mismo año, el monitor Huáscar navegaba por Arica y se encuentra con el transporte mencionado. La situación era sorpresiva para la escuadra chilena y hubiera sido fácil para Grau destrozarlos en el silencio de la madrugada, pero optó por solicitarles que abandonaran el barco y se salvaran todos.

El hecho tomó un giro inesperado porque luego dos buques chilenos aparecieron y comenzó un combate memorable. Pero Augusto Castelton, capitán del Matías Cousiño, se comunicó luego con el peruano para expresarla su agradecimiento.

«El comandante Grau ha tenido mucha consideración con nosotros, porque nada le habría sido más fácil que sacrificarnos y echar el buque a pique sin decirnos antes que lo abandonásemos en los botes. El once hablé con el comandante Latorre, y me dice que la Magallanes tiene cinco heridos. El comandante y oficiales sin novedad. El Matías Cousiño está haciendo bastante agua y pronto tendremos que ir al dique a hacer nuestras reparaciones…»

La respuesta del Caballero de los Mares es emotiva e importante en esta conversación de tinte jurídicos, pero humanos.

«Conociendo perfectamente que el buque que Ud. comandaba era un transporte chileno, mi deber era destruirlo. Por consiguiente, mi conducta para con Ud. y su tripulación en esa ocasión me fue inspirada por un simple sentimiento de humanidad, lo mismo que emplearé siempre con todo buque al cual me quepa atacar en un caso semejante, no mereciendo por ello ninguna expresión de gratitud…»

¿Pionero del derecho o solamente una buena persona?

Elizabeth Salmón, abogada y catedrática de la PUCP, analizó los hechos narrados y duda que que Miguel Grau haya leído a detalle los convenios. Ya sea el firmado en Ginebra o el firmado La Haya. La doctora defiende que, más allá de la existencia de algunos elementos iniciales del Derecho Internacional Humanitario, es más probable que Grau estuviese adelantado a su época en relación a temas humanos.

Salmón defiende que lo que sucedido en Iquique no se sostuvo en el miedo a una sanción o a necesidad de seguir una norma que el presidente le había hecho llegar. Sucedió solamente porque era lo correcto y su figura de héroe en la actualidad se debe a que su pensamiento se sostenía en más cosas que en el arte de la guerra.

¿Y a qué se debía ese pensamiento? Para el monseñor José Antonio Roca y Boloña, entonces presidente de la Junta Central de Ambulancias civiles de la Cruz Roja en el Perú, la respuesta era obvio.

El religioso teorizó que la única explicación para las acertadas conductas de Miguel Grau en combate era su profunda fe cristiana. Una explicación que podría dividir a la audiencia, pero que es un final

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