‘De jure et mortis’ [cuento jurídico]

Cuento ganador del Concurso de Cuento Jurídico organizado por el Centro Federado de Estudiantes de la Facultad de Derecho de la PUCP (1989)

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«Como quiera que el Derecho termina por ser la pretensión de la formalización de las conductas humanas y sus efectos e impactos en la sociedad en que nos desenvolvemos, su entronque con el arte —que las representa en planos simbólicos, recreados e intervenidos por el vuelo del artista— resulta natural.

Derecho y Cine. Derecho y Teatro. Derecho y Literatura. Todos ellas son expresiones para catalogar a esta vinculación de arte y derecho. En esta ocasión, en LP Pasión por el Derecho traemos un corto cuento de un entonces estudiante de derecho (el hoy laboralista Paul Cavalié), que, en su oportunidad, resultó ganador de una convocatoria al I Concurso de Cuento Jurídico de la facultad de Derecho de la PUCP. El jurado estuvo integrado por Fernando de Trazegnies, Javier Neves y Jorge Price. De jure et mortis nos instala en una atmósfera entre la realidad y el sueño, entre lo real y lo imaginado.

De jure et mortis

Sin duda aceptaba que la opción ya estaba tomada. De ahora en más sólo sería cuestión de conseguir los libros y analizarlos. Asistir a seminarios y conferencias. Integrarse en los círculos de estudio y talleres. En fin, vincularse con todo lo relacionado al Derecho Penal.

Lejano —pero sobretodo extraño— le resultaba aquel tiempo cuando buscaba ubicarse dentro de esta profesión de abogado que, bien lo sabía, no reflejaba su vocación. Era también la oportunidad para evocar con tristeza la mirada severa, el pelo cano, la voz grave de papá y, mira hijo, yo sé que el arte, la literatura, el teatro, entiendo, pero no seas egoísta, piensa también en el Álvaro que ya acaba, y la Rocío que entró a la secundaria. Entonces, asomaba el rostro querido de Nora, tres años juntos, su comprensión cuando no su complicidad y, claro, está bien eso de derecho penal, no te soportaría hablándome todo el día de letras de cambio, impuestos y esas cosas, yo misma le eché una mirada a tu nuevo código penal, vamos.

El libro que tenía ahora entre sus manos le había fascinado desde el inicio. Se justificaba plenamente el entusiasmo del profesor cuando lo recomendó en la clase. Y pensar que Pepetoño y el Negro Francis se habían burlado, porque este era un curso de derecho penal y no de literatura, muchachos, mejor leer entonces La Caperucita Roja, para desagraviar al Buen Lobo, que, además, es de los nuestros, risas, ellos, cuándo no.

Entonces, volver a ver a Nora, cercana siempre, compartiendo ahora este juego apasionado de adivinar quién, porque a estas alturas, página ciento noventa y cinco, la enfermera de la abuela no podía ser, aunque no fuera más que por una necesidad de creer en alguien, y por qué no en ella, si además se llevaba tan bien con la pobre Patricia, hasta podía decirse que fueron amigas. Yo no diría que tanto, Nora; yo sí, te lo aseguro, fíjate, página noventa y dos, último párrafo, mira bien.

Pobre Patricia, la muerte cuando apenas a tres días de su boda y por fin marcharse a Europa, la perfección de su danza en París, una casita blanca en Bordeaux, la cercanía de Michel para siempre, hasta que la muerte los separara, amén.

Atrapado en una maraña de sospechas e intrigas, no le importaba faltar a clases: esto resultaba cada vez más envolvente, pobre Patricia, el chofer podía haber sido. Entonces nacía su solidaridad con Michel que sí parecía un buen tipo, y antes matarse él que tocarle siquiera un pelo a Patricia, si la había amado desde aquel primer encuentro en un París-Lima, escala en Panamá.

El pretexto, ahora lo sabía, era descubrir los móviles de un crimen, la sicología de un asesino, el derecho penal, etcétera, pero para él era más bien una oportunidad de escapar, de sentirse parte de un mundo que, además, creía controlar cuando reinventaba posibilidades, imagínate Nora, si Lorena no hubiera viajado la noche anterior al hallazgo del cuerpo, de seguro que tú sospecharías de ella, bueno pues, asumamos eso entonces.

Nora representaba el punto de quiebre, la pedrada oportuna para romper el peligroso cristal de su abstracción y así volver, como en aquella temporada de intensa depresión y su rescate de los sicólogos, si no hubiera sido por ti, Nora, no sabes cómo odiaba esos mandiles blancos, la cercanía de la paranoia. Lo que empezaba a tornarse peligroso era su dependencia de Nora, ahora, más que nunca, absorto en esta historia que lo atrapaba y lo llevaba a una lectura no de uno-dos-tres sino de tres-dos-uno o de tres-uno-dos, donde los personajes compartían su cristal, donde la desgracia de la pobre Patricia empezaba a saberle familiar y próxima.

No podía continuar este extrañamiento absoluto, era imposible vivir así, agazapado, aguardando la piedra sobre el cristal como un despertador indeseado, no, mamá, no me pasa nada, no quiero saber de pastillas como la otra vez, avísame si Nora. Crecía también la sensación de estar cada vez más cerca del asesino, inexplicable cómo pudiste atreverte, cortarle los sueños a un ángel como Patricia, tan bella, ahora danzando juntos dentro del mismo cristal, a punto de confesarle este absurdo amor que, bien lo sabía, no podía ser, porque allí afuera Nora, siempre fiel, los brazos abiertos, aunque a veces me suceda ya no reconocerte, mujer, a pesar de tanto, pero ya no.

Ahora corría nervioso la mirada, su capacidad de asombro desbordada sobre esta ultima página, tan increíble desenlace, tic-tac: el viejo reloj de la pared, tic-tac: esto debe ser una fantasía, tic-tac: Dios qué me pasa, tic-tac: Nora, donde estás. Los gritos nunca devueltos, ahogados entre sus manos, tibio aún el puñal en su pecho, Nora muerta, un código penal tirado a sus pies.

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