¿Qué pueden aprender los abogados de «Abril rojo»?

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«Abril Rojo» es la novela más famosa del escritor peruano Santiago Roncagliolo, literatura que retrata las consecuencias de la guerra interna, nos recuerda el valor de la memoria histórica y la importancia de que la sociedad establezca una escala de valores de lo permitido y lo no permitido, que, consecuentemente, imposibilite el regreso al horror de las masacres y la violencia. La obra narra las peripecias del fiscal Félix Chacaltana durante la Semana Santa del 2000, donde se cometerán diversos crímenes, en medio del contexto del fraude electoral que propición la re-reelección del ex presidente Alberto Fujimori. Todo comenzará con el hallazgo de un cuerpo carbonizado en la localidad de Quinua (Ayacucho).

Chacaltana iniciará una cruzada para demostrar que los asesinatos no pueden ser simplemente atribuidos a un asesino en serie sin una correcta investigación a nivel policial y fiscal. La tesis que manejará, desde el principio, es un presunto resurgimiento del grupo subversivo «Sendero Luminoso». Como se recuerda, esta guerrilla maoísta inició una guerra contra el Estado en la década de los ochentas, lo que tuvo como consecuencia el conflicto armado interno que enfrentó a peruanos y que dejó un gran saldo de muertos. Debido a que las víctimas también presentaban marcas de carácter religioso en ciertas partes de sus cuerpos, el fiscal visitará la iglesia del pueblo en busca de información relevante.

Sin embargo, Chacaltana se verá entrampado en medio de la poca voluntad policial para realizar un informe que coadyuve a la dilucidación de los hechos, así como los pocos medios con lo que cuenta el Ministerio Público para concretar investigaciones que implican múltiples tipo penales. Por otro lado, el fiscal da cuenta de la corrupción que existe en las instituciones estatales, donde se preparaba un fraude electoral. Una conversación delata la sujeción de las fuerzas policiales a las militares que, siguiendo el juego de la corrupción, se niegan a reconocer que existan rebrotes subversivos en la región: «Piensa usted demasiado, Chacaltana. Grábese en la cabeza una cosa: en este país no hay terrorismo, por orden superior».

El fiscal no cesa con sus pesquisas, a pesar de que recibe burlas y crueles comentarios por las tesis que plantea, llevando a un estado de desánimo pero a la vez resiliencia. Pese a ser un operador de justicia, se tiene que enfrentar a su propia dimensión humana y al prácticamente nulo apoyo de las instituciones gubernamentales. Una realidad que golpea a los agentes del Ministerio Público, sobre todo de las zonas más alejadas de la capital, y que repercute en la calidad de justicia que ofrece el Estado a sus ciudadanos. Con todo en contra, el fiscal Chacaltana estará decidido a cumplir con el papel que le ha encomendado el ordenamiento jurídico: director de la investigación preparatoria desde su inicio.

Posteriormente, y ante la evidencia de su buen trabajo, el Ministerio Público atiende sus solicitudes de contar una nueva máquina de escribir para desarrollar sus funciones. Pronto, le asignaron un nuevo trabajo como fiscal electoral en la alejada localidad de Yawarmayo. Al llegar, se encuentra con los abusos que cometía el personal militar con los habitantes de la zona y, además, cómo direccionaban delictuosamente el voto hacia el expresidente Alberto Fujimori. Cuando señala los excesos de los militares, le responden que solamente se trataba de una convocatoria para realizar el servicio militar, lo que no convence al fiscal. Aquí entra a tallar el personaje del comandante Alejandro Carrión.

Dicho sujeto se burla del fiscal Chacaltana, cuando este menciona que los asesinatos múltiples pueden ser atribuibles a la presencia de Sendero Luminoso en la zona. Los derechos humanos parecen inexistentes y los familiares de los muertos no tienen real acceso a la justicia, vulnerándose el derecho a la tutela jurisdiccional. Sin embargo, el fiscal Chacaltana persiste con su empeño de demostrar el rebrote senderista, basando su investigación también en los conocidos métodos de su organización, como dejar pintas intimidatorias al lado de los cadáveres. También indagará en la iglesia por alguna pista que le permita obtener un panorama más claro de los hechos.

Tras conversar con el párroco del pueblo, el padre Quiroz, este le revelará que la iglesia posee un crematorio construido en los años ochenta, con el objeto de que los militares se puedan ocupar de los cuerpos de las decenas de muertos que dejó el conflicto interno. El comandante Carrión descartará esta versión, limitándose a referir que los curas suelen ser personas «chismosas». La Iglesia encubrió, durante años, las matanzas perpretadas por los militares en la zona de Ayacucho, según el relato. Sin duda alguna, la separación entre el clero y las instituciones gubernamentales son fundamentales para la construcción de un Estado Social y Democrático de Derecho, lo que no sucedía en el país.

Finalmente, un cúmulo de reflexiones sobre la memoria histórica nos deja esta intrigante novela de Santiago Roncagliolo. ¿Habrá sido suficiente el esfuerzo desplegado por los gobiernos posteriores para dilucidar las verdades de la guerra? ¿Estamos construyendo la memoria de nuestro país desde una perspectiva que priorice los derechos humanos de quienes sufrieron los excesos de la guerra en carne propia? ¿Hemos dado pasos hacia una verdadera reconciliación entre peruanos o el Estado sigue postergando a nuestros compatriotas de las periferias de Lima y el país? Sin duda alguna, la construcción de la memoria no puede ser neutral: tiene que servir para salvaguardar a las víctimas de la guerra.

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