Hoy no existe un método suficientemente fiable para concluir si un texto fue redactado por una persona o generado con IA

1️⃣ Cada vez más universidades, empresas y despachos intentan establecer si un texto fue redactado por una persona o generado con IA. El problema es que esa pretensión parte de una premisa equivocada, hoy no existe un método suficientemente fiable y concluyente para determinarlo a partir del solo texto.

2️⃣ Los detectores de IA no identifican el origen real del contenido. Operan sobre inferencias estadísticas, miden patrones de previsibilidad léxica, regularidad sintáctica y homogeneidad discursiva. Su fiabilidad es limitada. Producen falsos positivos, atribuyendo a la IA textos humanos que simplemente son correctos o estandarizados, y falsos negativos, dejando pasar como humanos textos generados por IA que han sido editados con cuidado.

3️⃣ La revisión humana tampoco resuelve el problema. Un lector entrenado puede advertir indicios (un tono demasiado uniforme, transiciones mecánicas o argumentos demasiado simétricos), pero estos solo pueden fundar una sospecha, no son prueba suficiente de que el texto emane de la IA.

4️⃣ Sin embargo, es posible encontrar evidencias fuera del texto. Los metadatos, el historial de versiones, la trazabilidad documental y el contexto de producción pueden ofrecer un sustento verificable, siempre que exista acceso real a esas fuentes de comprobación.

5️⃣ En todo caso, el indicador más relevante es la capacidad del autor para explicar cómo construyó, verificó y sustentó lo que entregó o firmó como propio. Quien realmente elaboró un texto suele poder reconstruir ese proceso; quien solo lo presenta como suyo, normalmente no puede hacerlo de manera consistente. Otra cosa es que someter toda producción sospechosa a comprobaciones consume recursos (costo de oportunidad) y, si se aplican sin criterios claros, puede incluso colisionar con principios elementales como la dignidad de la persona o la prohibición de acoso laboral.

6️⃣ Si no hay pruebas infalibles y, además, la IA es una herramienta poderosa que potencia la labor profesional, no se justifica una cacería indiscriminada de textos escritos con IA. Lo importante es definir qué usos deben admitirse o transparentarse, y en qué casos alguien se atribuye una capacidad que no tiene. No me preocupa, en sí mismo, el uso de la IA para escribir, redactar o argumentar. Es una etapa más en la evolución tecnológica del trabajo intelectual. Lo principal es quién responde, en el plano ético, laboral, contractual, disciplinario e incluso penal, por el contenido de un texto. Llegará un momento en que lo excepcional será no usar IA generativa, tan raro como escribir un libro a mano, llevar una contabilidad manual o prescindir de maquinaria en actividades que antes dependían solo del esfuerzo humano. ¿Qué deben hacer las empresas, universidades o entidades públicas? Dejar de concentrarse en la ilusión de “detectar” la IA como fin en sí mismo y pasar a revisar sus criterios de evaluación, supervisión y rendición de cuentas.

Comentarios: