No hay dos letrados iguales. Tal es la premisa que inspira El abogado, pintoresco ensayo costumbrista de Narciso Aréstegui, el afamado autor de la novela El padre Horán.
Preliminares
Don Narciso Aréstegui y Zuzunaga (Huaro, Cusco, c.1820 – Lago Titicaca, 1869) fue militar y abogado, funcionario administrativo y juez del Ejército, profesor de letras y maestro de jurisprudencia, novelista y dramaturgo. Haciendo suyo el lema Arma virumque cano, Aréstegui ejerció con parejo entusiasmo el arte de las letras y el oficio de las armas. Fue autor de tres novelas: El padre Horán. Escenas de la vida del Cuzco (1848), Faustina (1871-1872) y El ángel salvador (1872). La más renombrada es, sin duda, El padre Horán. Se la suele considerar como la primera gran novela escrita en el Perú y como un temprano ejemplo de literatura indigenista y de denuncia social.
No ha sido halagüeño el destino de las otras composiciones literarias de Aréstegui: Faustina (folletín del diario La Patria de Lima, diciembre de 1871 a marzo de 1872) ha caído en el olvido y El ángel salvador. Novela de costumbres cuzqueñas (ídem, 1872) es poco leída. Al capítulo de las obras extraviadas y posiblemente inéditas de nuestro autor corresponden otras dos novelas (El guardián nacional y Los caballeros de la careta), un “ensayo” intitulado El soldado y la pieza teatral en prosa La venganza de un marido, estrenada con “mediano éxito” según el decir de Palma. La producción literaria del coronel Aréstegui se completa con un opúsculo costumbrista que suele darse por perdido y que comentamos hoy: El abogado.
El abogado ve la luz en un folleto de 33 páginas en cuarto, fechado en Cusco en 1894 y editado por iniciativa de don Narciso Loayza y Aréstegui. Según los datos que constan en la portada, se imprimió en la Tipografía de la Juventud, instalada en la calle de Santa Catalina. La edición está dedicada “al distinguido y estimable literato Sr. Ricardo Palma”. La dedicatoria al tradicionista parece enlazar con el círculo intelectual de Clorinda Matto de Turner (Cusco, 1852 – Buenos Aires, 1909), sedicente discípula de Palma y residente en Lima desde 1886.
Estructura discursiva: dispositio y ars dictaminis
Como tantos otros productos lingüísticos de la época, el texto de Aréstegui discurre según el molde clásico del alegato forense, fijado por Cicerón y divulgado en el siglo I por Quintiliano en su Institutio oratoria.[1] La ars dictaminis ciceroniana estipulaba una organización o dispositio basada en cinco miembros o fases del discurso, a saber: exordium, narratio, confimatio, confutatio y peroratio.[2] Esta organización del discurso es prácticamente inalterada a lo largo de los siglos: dio forma y timbre de seriedad a manifiestos, peticiones, piezas de correspondencia formal, obras musicales, composiciones poéticas y narrativas, a más de ser un elemento básico de la retórica forense.
Aréstegui utiliza solo tres de los miembros básicos recomendados por Quintiliano:
a) Exordium y llamada de atención al lector (benevolentiae captatio e insinuatio);
b) Narratio, conformada por siete capitulillos; y
c) Peroratio, con moraleja y apoteosis.
Los capítulos constitutivos de la narratio los consagra Aréstegui a sendos tipos de letrado: el impetuoso “abogado novel”, el exitoso “abogado de reputación”, el fallido “abogado literato” (cuyo patético destino prefigura el de cierto personaje de Julio Ramón Ribeyro), el escarmentado “abogado rutinero”, el resignado “abogado ad honorem” y, en fin, el trágico “abogado firmador”. La obra concluye con una encendida exaltación de la abogacía, que hace las veces de breve y edificante peroratio.
En el exordio, Aréstegui retoma el lugar común de lo inevitable que resulta acudir a los servicios de un letrado (o, añadamos, de un médico), “salvo casos fortuitos como los de suicidio o hacerse abogado de poder vivir de la profesión” (p. 1). Otro tópico atañe al desfase entre las teorías jurídicas venidas de Europa y su imperfecta asimilación por el común de los abogados de las Américas.[3] Ello se expresa particularmente en la efigie del abogado novel, quien “henchido […] de todas las innovaciones que la escuela alemana ha hecho en la filosofía del Derecho, siente en su alma una exigente necesidad de hacerlas extensivas en su país” (capítulo II). En su iter vital, el abogado enfrentará otros desafíos y tentaciones, y aprenderá, alto precio mediante, que solo el ejercicio recto de la abogacía es esencial para el desempeño de su noble carrera. Tal la moraleja que encierra el opúsculo de nuestro escritor.
Se echa de menos la referencia al escenario cusqueño, tan presente en El padre Horán y en El ángel salvador. No hay indígenas, terratenientes, clérigos, ni tampoco descripciones naturalistas o localismos. Nada, siquiera un uso lingüístico, parece remitir inequívocamente al ambiente judicial y forense del Cusco. Solo tenemos menciones indirectas: una alusión al Perú se halla en las líneas finales del capítulo V, donde se nos cuenta cómo el abogado rutinero desempolva su grado de bachiller obtenido en la Universidad de San Marcos; antes, Aréstegui nos ha hablado del abogado literato: “Suscrito a todos los periódicos de Lima, elige las columnas de estos por campo de sus triunfos literarios. Publica larguísimos artículos sobre la política del Perú, sobre la historia de sus frecuentes bochinches, que llama revoluciones” (capítulo IV).
Pero un dato circunstancial, a saber, los ocho días que tardaban en llegar las noticias traídas al litoral en buques de vapor, nos confirma que estamos en una ciudad del interior del Perú meridional. Otro dato, la indumentaria, termina de persuadir al lector de que los letrados de Aréstegui son indudablemente cusqueños: el fraque negro, los guantes blancos, el bastón y las botas —a veces deslustradas— guardan cabal semejanza con el erudito cusqueño figurado en los Incidents of Travel of Exploration in the Land of the Incas (1877) de G. E. Squier. El ensayo de Aréstegui concluye, siempre bajo la férula ciceroniana, con una peroratio en la que se encomia el noble ejercicio de la gente de leyes.
Valoración
El abogado de Narciso Aréstegui circuló poco o nada en el escenario cultural de nuestro país. Hacían 25 años de la desaparición de su autor y la propia fama de El padre Horán terminó por eclipsar al folleto. Las menciones a El abogado, sea en las semblanzas biográficas de Aréstegui o en las obras de referencia, son vagas. Luis Nieto, en el frontis su reedición de El ángel salvador, lo cataloga en 1958 como “ensayo inédito”, junto con El soldado; Tauro del Pino lo señala entre las obras extraviadas de Aréstegui;[4] Basadre no lo cita en la entrada correspondiente a Aréstegui de la Historia de la República del Perú;[5] Porras Barrenechea ni Moreyra y Paz Soldán lo incluyen en el rubro “Cuzco” de sus respectivas bibliografías regionales;[6] Sánchez hace lo propio en La literatura peruana. Derrotero para una historia cultural del Perú.[7] Tampoco parece haber mención a El abogado en los trabajos de especialistas en costumbrismo literario, ni en las visiones de conjunto elaboradas en torno a la literatura de ficción sobre temas jurídicos o forenses.
El amable y apenas conocido ensayo de Aréstegui sobre los abogados, su uso de la retórica clásica romana, su exaltada defensa de la abogacía en la sección final, entre otras prendas, confirman a El abogado como una pequeña gema extraviada que reclama ser leída y divulgada.
* * *
Ofrecemos, a seguir, el pasaje final de El abogado de don Narciso Aréstegui y Zuzunaga. Se trata nada menos que de un elogio de la profesión, segmento que corona y culmina la obra que comentamos y que presentamos hoy a consideración de los lectores.
La abogacía es lo mismo que el sol: ambos son focos hermosos de luz; si los rayos de éste fecundizan la tierra que proporcionan el sustento al género humano, los de aquélla tienen por objeto asegurar ese sustento en manos del que lo posee, como el más precioso fruto de su trabajo…
No vivimos en el estado natural para bastarnos a nosotros mismos, para no necesitar de la luz de la abogacía; y supuesto que es indispensable esta intervención en nuestros frecuentes litigios, ¿renegaremos de ella si la hemos de necesitar un día?… ¿Qué sería del agricultor si sus sementeras se viesen privadas de la fecundante influencia del sol?…
Y es muy sensible que al hombre que gasta sus años en facilitar los medios de terminar las disputas civiles entre los miembros de una nación, se le mire con desprecio y se le alargue, con repugnancia quizá, el honorario que se le debe por su trabajo, por cierto no común.
Esta sola consideración es bastante para inclinarnos a venerar sinceramente al sacerdote de Temis, ya que entre nosotros sólo están limitadas sus glorias a la íntima satisfacción y al menor o mayor grado de distinción que se merece entre los que siguen su ardua carrera.
Vendrá día, no lo dudamos, en que tan distinguida profesión sea objeto de un amoroso culto; y que los nombres de los que singularizan en ella lleguen a oídos de nuestros sucesores, inmortalizados como los de los Demóstenes y Cicerones.
[1] Quintiliano, Marco Fabio. Instituciones oratorias, por M. Fabio Quintiliano. Traducción directa del latín por los padres de las Escuelas Pías Ignacio Rodríguez y Pedro Sandier. 2 tomos. Madrid: Imprenta de Perlado Páez y Compañía, 1916.
[2] Ib., tomo 1, p. 473.
[3] Cfr. Frisancho, José. Del jesuitismo al indianismo. Cusco: Talleres Tipográficos “Imperial”, 1931, capítulo V: “Los estudios jurídicos en Hispanoamérica” (en especial, las páginas 70 a 75).
[4] Tauro del Pino, Alberto. Enciclopedia ilustrada del Perú, op. cit., tomo 2, p. 215.
[5] Basadre, Jorge. Historia de la República del Perú. 5ª edición. 11 tomos. Lima: Ediciones “Historia”, 1961-1968, tomo 2, pp. 904-905.
[6] Porras Barrenechea, Raúl. Fuentes históricas peruanas. Lima: Juan Mejía Baca y P. L. Villanueva, 1955, p. 542-547; Moreyra y Paz Soldán, Carlos. Bibliografía regional peruana. (Colección particular). 2ª edición corregida y aumentada. Lima: [Talleres Gráficos P. L. Villanueva], 1976, pp. 101-103.
[7] Sánchez, Luis Alberto. La literatura peruana. Derrotero para una historia cultural del Perú. 5 tomos. Buenos Aires: Editorial Guaranía, 1951, tomo 5, pp. 109-111.


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