¿Cómo litigaba el abogado que humilló a Hitler en un interrogatorio?

15188

En 1933 un inteligente y joven abogado judío interrogó con ferocidad al que sería, años más tarde, su propio verdugo: Adolfo Hitler.

Al interior de una sala de audiencias en las cortes de Berlín, Hans Litten, un probado abogado antinazi, le pidió explicaciones a Hitler por la violencia desatada por su grupo paramilitar Sturmabteilung o SA contra agrupaciones civiles.

Lea también: Débora: la primera jueza de la historia

Durante el interrogatorio, Litten le preguntó por qué el jefe de propaganda Nazi, Joseph Goebbels, a través de un panfleto, publicó una invitación a derrocar al Estado. Al oír esa pregunta, Hitler perdió la compostura y pegó un grito al cielo. «Esa afirmación no tiene ninguna evidencia», vociferó.

Han Litten, el valiente abogado que litigó contra el régimen nazi, clava su imperturbable mirada frente a la cámara. Interrogará a Hitler.

Es que Hans Litten, hijo de un judío renegado y una judía culta, siempre mantenía una tranquilidad imperturbable en sus interrogatorios, que el Führer no podía tolerar. Adolfo Hitler fruncía el ceño cada vez que intentaba defenderse sin éxito.

Hitler no toleraba que alguien le expusiera las evidencias de forma metódica y calmada. El líder nazi siempre odió el debate intelectual, y tras el juicio, admitió haberse «sentido crucificado» ante el interrogatorio de Litten.

Lea también: Don Quijote constitucionalista, adalid de la libertad

Hans Litten se perfiló, desde muy temprano, como uno de los primeros opositores de Hitler. En mayo de 1931 llevó a juicio a cuatro integrantes del grupo paramilitar Sturmanbteilung (SA), luego de que acribillaran a tres personas en una sala de baile, acusándolas de comunistas.

El grupo de paramilitares irrumpió en un salón de baile, localizaron a sus víctimas y le propinaron disparos a quemarropa hasta constatar que estaban muertos. La razón: eran comunistas.

Lea también: Trinidad María Enríquez, la primera «abogada» del Perú y América Latina

Tras el altercado, Hans Litten, decidió llevarlos a juicio y sentó a Hitler en el banquillo de los testigos. Días atrás, el Führer había calificado al grupo paramilitar Srutmanbteilung (SA) como una organización dedicada a la ilustración intelectual. El trabajo del abogado judío era desmentirlo y así lo hizo.

Hans Litten sometió a Hitler a un áspero y prolongado interrogatorio de tres horas, que acabó en varias oportunidades con la paciencia del Führer.

Lea también: Siete cosas que debes saber sobre el Código de Hammurabi

Al principio, Hitler insistía en que estaba comprometido a cumplir la ley al cien por cien, pero su compostura empezó a quebrarse cuando Litten le preguntó por qué entonces había venido acompañado por hombres armados.

«Esto es una locura», gritó iracundo el líder nazi.

Ante sus gritos, Litten no se intimidó y rápidamente evidenció el panfleto publicado por Goebbels, en el que prometía abiertamente que el movimiento nazi iba a «hacer una revolución» y «enviar el parlamento al diablo» usando «los puños alemanes».

Lea también: Origen y evolución del Ministerio Público

Cuando Litten le preguntó de qué manera estas afirmaciones podían entenderse como un compromiso con la legalidad, Hitler empezó a «buscar compulsivamente una respuesta», según reportaron los periódicos de entonces.

Por esos años, Hitler comenzaba a perfilarse como el virtual ganador de las elecciones alemanas y las amistades de Litten le aconsejaron retirarse del país. Sin embargo, el joven abogado siempre se negó. «Millones de trabajadores no pueden irse. Debo estar aquí también», aseguraba.

Cuando Hitler ascendió al poder, Hans Litten fue detenido de inmeadito y enviado a un campo de concentración, en donde permaneció hacinado hasta el día de su muerte. Hay pruebas de que la detención de Litten fue decidida por Hitler, como venganza, por ser un denodado adversario del nazismo.

Lea también: Los 5 procesos más extravagantes de la historia reciente

Durante los siguientes cinco años, fue trasladado en diversos campos de concentración, incluyendo Sonnenburg, Dachau y Buchenwald, los más brutales de ese entonces. Fue vilmente torturado por los guardias a cargo, quienes conocían de la antipatía de Hitler hacia Litten.

No obstante, durante su reclusión, miles de reclusos lo admiraron por el buen trato del abogado hacia ellos y su imperturbable insistencia por preservar intacta su dignidad.

Cuando los guardias de seguridad le solicitaron que hiciera una representación para celebrar el cumpleaños de Hitler, el valiente Hans Litten, en actitud desafiante, leyó el poema anónimo «Los pensamientos son libres».

Lea también: ¿Por qué se miente sobre Kelsen en las aulas y los libros?

Los pensamientos son libres

Los pensamientos son libres,
¿Quién los puede apresar?
Vuelan más allá
Como sombras nocturnas.
Ningún ser humano puede conocerlos,
Ningún cazador puede dispararles,
ellos se quedan allí:
¡Los pensamientos son libres!

Yo pienso lo que quiero
y lo que me hace feliz,
Todo en silencio
y como venga.
A mis deseos y experiencias
no me los pueden quitar,
Quedan allí:
¡Los pensamientos son libres!

Aunque me encierren
en un calabozo obscuro,
Siguen siendo inmortales obras
Porque mis pensamientos
destrozan las barreras
y a los muros en dos parten:
¡los pensamientos son libres!

Ahora tampoco quiero
atarme por el amor
ni quiero encadenarme tampoco.
Se puede reír y bromear desde el corazón
Y pensar entonces que:
¡Los pensamientos son libres!

Hans Litten, desde su encierro, seguía despotricando contra el régimen. A punta de coraje interpretó el poema «Los pensamientos son libres», poco antes de quitarse la vida, en el campo de concentración de Dachau en Alemania, durante el cumpleaños número 46 de Adolfo Hitler.

Lea también: ¿Fue Carl Schmitt un jurista al servicio del nazismo?

En febrero de 1938, Litten, tenía el rostro desfigurado, con múltiples cicatrices de fracturas en el cuerpo y huellas de torturas. Tenía la piel despellejada y apenas fuerzas para ponerse de pie. Ciego de un ojo, quebrantado en cuerpo y alma, decidió acabar al fin con su martirio y se suicidó.

El valiente abogado que litigó contra el régimen nazi se ha vuelto una figura de culto en todo el mundo. En honor a su nombre la Asociación de Abogados de Berlín decidió llamarse Asociación Hans Litten, después de la reunificación alemana.

Comentarios: